No sé si el duelo es pequeño o siempre es infinito, pero siento la perdida de dos vecinas mayores, con las que me llevaba bien; eran diferentes físicamente; compartían la viudedad y la lejanía de sus hijos; lo que les convirtió en mujeres solas, que se dejaban querer por las calles, donde me las encontraba y hablábamos de sus cosas. Mónica, veía mal, y alguna vez le llevé la compra hasta su casa; le gustaba mucho leer y le presté un libro (no recuerdo el nombre); la muerte repentina de su marido, le avocó a la soledad, que lentamente asesinaba su memoria. Mari Cruz, contaba muchos años sin su marido, pero resistía fuerte; tuvo una operación de corazón, de la que se recuperó; cada día salía a caminar con sosiego y con fuerza de voluntad; hemos caminado muchas tardes juntas, hablando de sus cosas. A la que primero eché de menos, fue a Mónica; un día vi a su hija pequeña y le pregunté. Mónica se cayó y perdió la memoria. Llevaba semanas, sin coincidir, con Mari Cruz, en mis paseos; pregunté a una vecina suya y me confirmo lo que intuía, se la habían llevado a una residencia. Desde que se fueron del barrio, me siento más sola sin su presencia; las imagino envueltas en el olvido, entre paredes sin recuerdos; cuidadas por extraños sin corazón; caminando hacia la nada sin amor; deseando ser ayer; creando silencios junto a seres sonámbulos, que vagan sin entender quienes fueron y donde se encuentran; que es un lugar elegido por sus hijos, no por ellos; donde sus miradas son fusiladas, cada dia, por trabajadores, que los tratan como si fueran muebles sin valor, que lloran al ser limpiados con asco; mientras sus vocales y consonantes enmudecen, por ser sacrificados en el altar del olvido.
Con
cariño a Mónica y a Mari Cruz






