Mi infancia, creo que la tuve, se sujeta entre
viejos recuerdos que quedan fulminados por una realidad que no me acoge, que me
persigue, que me invita a ser otra, que no se parece nada a la niña que fui, o
tal vez, si sea ella con algunas canas y kilos, que antes no adornaban mi
esqueleto, que se busca dentro del espejo, de los años, para conocerse. A
veces, cuando me pierdo entre el dolor, entre la injustica, entre el sufrimiento,
causado por la erosión de la madurez; encuentro objetos, que me dejan en el ayer; donde mi
abuela, Encarnita, nos tejía vestidos para las muñecas, que llegaban dentro de
un paquete, hasta donde vivíamos; o las chanclas de rio, de mar, que aún entran
dentro de mis pies, que impedían que me clavara piedras, cuando me hacía la valiente
y me metía en aquellas aguas con pececillos, que ronroneaban mis pies. Aquellas
piedras, hoy vencidas por la austeridad del tiempo, nunca me cortaron, pero
ahora se clavan dentro de mi, pues nunca volveré a ser esa niña que soñaba.
A mis cinco sobrinos: Santiago, Alonso, Guillermo,
Mariana e Inés,
Que espero que me recuerden con tanto amor, como
los tengo. Os quiero.

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