A menudo recuerdo mis sueños, la mayoría son
pesadillas; una de mis hermanas, hace muchos años, me aconsejó que las
escribiera, debido a la magnitud de las imágenes que las rodeaban, que las
circundaban, que las abrazaban; a veces, algunas, no se me van del pensamiento,
y esta es una de ellas. En mis años escolares, sufrí el acoso de mis
compañeras, durante muchos años, que he arrastrado mucho tiempo después; la crueldad de aquellas adolescentes, que fumaban en espacios
prohibidos; que se pintorreaban sus pómulos, para ser más adultas; que
enarbolaban sus cuerpos delante del mío, como una amenaza a mi supervivencia,
que se arrastraba por las aulas con ganas de suicidarse, pero nunca tuvo el
valor de hacerlo; hubiera sido una victoria para ellas, y una derrota para mí,
que fui una víctima en soledad; ningún profesor me ayudó, convirtiéndose en
cómplices del maltrato que sufrí. La noche del sábado al domingo, soñé con
Esther LL, y sus amigas; para echarles en cara, su comportamiento, que era
maldad, que me persigue cuarenta años después; llevándome a la tristeza de
mi adolescencia, infeliz, amargada, truncada, por una panda de cobardes, que
disfrutaron riéndose de mí; y su eco, llorará siempre en mi vida. Es complicado
escribir sobre sus rostros, pero de vez en cuando, he de gritar mi dolor, que
se cruza en las calles, de mi pequeña ciudad, con sus cuerpos deformados por la
madurez; no me interesan sus vidas, de las que escucho sus conquistas; no
quiero venganza, ni les deseo nada malo; pero no puedo olvidar que rompieron mi
adolescencia y he aprendido a caminar sin ella.
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