La casa de mis abuelos paternos,
continua en pie; pertenece a unos extraños, que la han reformado a su orden y a
su antojo. Me hubiera gustado que fuera familia, y que la disfrutáramos todos; pero no fue posible; demasiado egoísmo entre
los herederos, llevó a vender la casa del pueblo de mi infancia, donde soñaba
con amanecer de adulta y sentir el frescor de la mañana, para recordar a mi
abuelo, pastor, que fue a Extremadura con las ovejas; para oír trajinar, a mi
abuela, en la cocina, con sus manos de labriega; pero solo me queda nostalgia,
cuando vuelvo al pueblo y me encuentro con
una casa nueva por fuera, pero con silencios por dentro; en esas paredes, llora el alma de mi abuela, que murió en su
cama; en ese jardín, tan bien cuidado,
descansan las vascas que mi abuelo ordeñaba con cuidado cada día; y yo, sigo siendo una niña de ciudad, llena de miedo
a las vacas; una niña de ciudad, que
simpatiza con los burros; una niña de ciudad, que temía a las ortigas al bajar
a la huerta y hoy no puedo bajar a la huerta, porque la puerta está en su parte
de terreno, y en el terreno de mi padre, solo hay soledad.
domingo, 20 de julio de 2025
Casa de mi nostalgia
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