En Segovia, mi ciudad, la Calle Real es lugar de paseo, de encuentro de parroquianos creyentes, ateos, agnósticos. Iba algo cansada de la caminata, cuando oí voces que me acercaron a sus vidas. Cuatro mujeres de unos 70 años, hablaban de las tiendas que estaban y de las que se habían desdibujado.
A veces mi hermana, Alicia, hace el ejercicio de volver al pasado. Entramos en espacios reservados a la memoria, habitados por fantasmas con alma, acabo llorando al verlos. Las mujeres señalaban las ausencias con adoquinada nostalgia.
Seguí caminando, enfrente de la ferreteria"Arana" a punto de cerrar para siempre, un matrimonio charlaba sobre la tardanza del Ayuntamiento en darlos permiso para abrir su negocio." Todo llega", pensé.
Ya casi estaba en la Plaza Mayor, mi cuerpo quería descansar. Un cura de los de antes: con sotana y pantalón, pasó a mi lado. A escasos metros, un cura joven,guapo, con pantalón, escuchaba a una señora que comentaba" la igualdad del bien y del mal".
"La Calle Real bien vale una misa", pensé al entrar en casa
Ana Tapias.
A veces mi hermana, Alicia, hace el ejercicio de volver al pasado. Entramos en espacios reservados a la memoria, habitados por fantasmas con alma, acabo llorando al verlos. Las mujeres señalaban las ausencias con adoquinada nostalgia.
Seguí caminando, enfrente de la ferreteria"Arana" a punto de cerrar para siempre, un matrimonio charlaba sobre la tardanza del Ayuntamiento en darlos permiso para abrir su negocio." Todo llega", pensé.
Ya casi estaba en la Plaza Mayor, mi cuerpo quería descansar. Un cura de los de antes: con sotana y pantalón, pasó a mi lado. A escasos metros, un cura joven,guapo, con pantalón, escuchaba a una señora que comentaba" la igualdad del bien y del mal".
"La Calle Real bien vale una misa", pensé al entrar en casa
Ana Tapias.
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