Y de repente, uno se da cuenta, casi sin querer, que ha envejecido, y nada puede hacer con esas canas rebeldes, que asoman a la sien, como si fueran una amenaza de extinción, de la velocidad de nuestras piernas, que parecían églogas de la rapidez a los veinte años y a los cuarenta son algo torpes, sobre todo en las despedidas; compuestas de palabras lentas, que lloran bajo las miradas. Y de repente, la vida es de otra manera.
Ana Tapias( Todos los derechos reservados)
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