Nunca había visto esta casa por dentro, siempre me fijaba en la fachada, que se encontraba en perfecto estado; me impresionó fotografiarla: desnuda, sin aliento, carente de personalidad; como si un huracán la hubiera atacado. En mi ciudad, el viento no se toma tantas molestias. Puestos a imaginar, intuyo que el paso del tiempo ha arrugado sus paredes; ha vencido sus comisuras; ha doblegado la hazaña de mantenerse sobre sus cimientos. Tal vez, vivieron veinte o treinta familias; que sobrevivieron a la postguerra española; sometidos a la carestía del blanco y el negro; color que adornaba sus pasos, sus comentarios, sus trabajos. Una bombilla, iluminaría sus decaídas existencias, con pocas sonrisas, y muchos sobresaltos por la lluvia; que dejaba goteras en el tejado. Cansados, somnolientos, agotados por el frio, por la incomodidad de ser pobres sin remedio; achicarían el agua con cubos de agua, y, fregonas. Sus vidas, pasaron como pasan todas, pensando que somos inmortales al deterioro.
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