Mi bisabuela, Flora, envejeció, prematuramente, en los años treinta, pues,
no tendría más de 66 años en el retrato, donde parece una anciana de
noventa años, si la observamos con la mirada de ahora. En su rostro,
expuesto a la inmortalidad, al dejarse fotografiar, no hay señales de
amargura, ni cantos de derrota, ni lágrimas pronunciadas. En su rostro,
acariciado, por la belleza de la sencillez, por de la premura del momento, por
el mayestático equilibrio; se aprecia la dignidad de una mujer, a la que
su marido, abandonó por la muerte con treinta años; una mujer, que sacó adelante sola a sus tres hijos pequeños ; una mujer que ayudó a su hija, con una hija pequeña, y
otro hijo en camino, cuando su yerno luchaba en la Guerra civil; una mujer
hecha para ser recordada , a pesar de las arrugas del tiempo sobre su memoria

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